Prada cerró en diciembre de 2025 la adquisición de Versace por un valor de empresa de 1.250 millones de euros, en una operación que trasciende la oportunidad financiera. Según informa Expansión, la compra devuelve una de las grandes casas italianas a manos nacionales y plantea una cuestión estratégica clave: quién controlará el futuro del lujo europeo, dominado por los gigantes franceses LVMH y Kering.
La operación se produjo tras el fracaso de la fusión entre Capri Holdings y Tapestry, que obligó a Capri a desprenderse de activos. Prada, que llevaba años esperando el momento, asumió el reto de relanzar Versace, que actualmente genera pérdidas, tiene exceso de inventario y una red de distribución sobredimensionada hacia el outlet.
Italia recupera el control sobre su patrimonio de marca
Durante las últimas décadas, Italia ha perdido progresivamente el control estratégico sobre sus marcas de lujo más emblemáticas. Fendi pertenece a LVMH desde 1999, Bulgari desde 2011, Gucci lleva un cuarto de siglo bajo el paraguas de Kering junto con Bottega Veneta y Brioni, y Loro Piana y Pucci también forman parte del imperio de Bernard Arnault. El fondo catarí Mayhoola controla el 70% de Valentino, con Kering posicionada para adquirir el resto antes de 2029.
Tras la muerte de Giorgio Armani en septiembre de 2025, su testamento estipuló la venta de un 15% del grupo a un gran actor del sector, con LVMH, L’Oréal o EssilorLuxottica como compradores preferentes, y la posibilidad de que hasta un 54,9% cambie de manos en los próximos cinco años. El patrón resulta evidente: Italia tiende a diseñar; Francia tiende a comprar.
Un modelo alternativo al conglomerado francés
Lorenzo Bertelli, hijo de Miuccia Prada y Patrizio Bertelli, asumirá la presidencia ejecutiva de Versace. El grupo ha anunciado que durante al menos tres años no realizará nuevas adquisiciones, concentrando toda su energía en relanzar la marca. La salida de Donatella Versace como directora creativa en marzo de 2025 y el breve paso de Dario Vitale, el primer nombramiento no familiar en la historia de la casa, abrieron una transición generacional cuya resolución creativa aún está por definirse.
Prada pretende construir un trípode formado por Prada, Miu Miu y Versace, con tres posicionamientos distintos y complementarios, capaz de cubrir desde el minimalismo intelectual hasta la exuberancia mediterránea. La estrategia difiere del modelo francés: Arnault ha convertido LVMH en una máquina de adquirir marcas con herencia cultural profunda, profesionalizar su gestión, inyectar capital en retail y distribución, y extraer sinergias operativas a escala global.
El desafío operativo y la apuesta a largo plazo
Prada ha reconocido que los márgenes del grupo se diluirán durante al menos dos ejercicios. El desafío operativo es considerable: Versace tiene pérdidas, exceso de inventario, una red de distribución sobredimensionada y una dependencia elevada de las licencias. Sin embargo, la compañía apuesta por una lógica de paciencia estratégica antes que de sinergias de costes inmediatas.
La operación se produce en un momento en que el lujo europeo enfrenta una competencia creciente por la propiedad. Fondos soberanos del Golfo, grupos asiáticos como Fosun y conglomerados coreanos y japoneses observan la industria con interés creciente. El sector, que durante décadas se concibió como un club relativamente cerrado entre familias francesas e italianas, está entrando en una fase de competencia por la propiedad que trasciende fronteras y culturas.
La gran pregunta que deja esta operación, según el análisis de Pedro Mir-Bernal, director de Investigación y profesor titular de Marketing en ISEM Fashion Business School (Universidad de Navarra), no es cuánto vale Versace hoy, sino si el futuro del lujo europeo lo determinarán quienes diseñan los productos o quienes poseen los activos.
