Un color puede transformarse en uno de los mayores activos de identidad visual y percepción de valor de una marca. El ejemplo más emblemático es el de Tiffany & Co., cuyo característico azul —conocido como robin’s-egg blue— apareció por primera vez en 1845 en la cubierta del Blue Book, el catálogo anual de la joyería neoyorquina, según recoge Expansión.
Durante más de siglo y medio, la compañía mantuvo ese tono como seña visual sin protección legal formal. El punto de inflexión llegó en 1998, cuando Tiffany registró el color como marca comercial ante la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos, demostrando el llamado «significado secundario»: el consumidor asociaba ese tono de forma inequívoca con la casa. En 2001, Pantone estandarizó el color en exclusiva bajo el código 1837 —en referencia al año de fundación de Tiffany—, un tono que no figura en el catálogo público de la paleta cromática.
Del lapislázuli al International Klein Blue
El azul lapislázuli fue históricamente el color más caro del mundo por su procedencia mineral. Su monopolio se rompió en 1826, cuando el químico francés Jean-Baptiste Guimet ganó un premio de 6.000 francos por sintetizar un ultramar artificial idéntico al natural, democratizando el acceso al pigmento.
Más de un siglo después, el artista francés Yves Klein (1928-1962) intentó recuperar la exclusividad del azul. En 1960 registró la fórmula de un ultramarino con resina sintética, bautizado como International Klein Blue, desarrollado junto al vendedor de pinturas Édouard Adam. La legislación francesa no permite patentar un color en sí mismo, así que Klein registró la técnica mediante un sobre Soleau, mecanismo que certifica la autoría de una idea sin llegar a ser patente.
Dos frentes para blindar un color
Para cualquier empresa que quiera replicar la jugada de Tiffany, el camino tiene dos frentes: un registro legal ante la oficina de propiedad industrial correspondiente, que exige demostrar que el tono es distintivo y que el consumidor ya lo asocia con la marca; y un desarrollo técnico con Pantone, que fija un código exclusivo y garantiza reproducción idéntica en cualquier fábrica del mundo. Ninguno de los dos pasos es barato ni rápido, pero juntos convierten un color en un activo defendible ante tribunales.
El resultado: Tiffany es una de las pocas marcas del mundo capaz de generar reconocimiento sin necesidad de logotipo. Su caja azul funciona como vehículo publicitario permanente, sin coste incremental de medios.
La ruptura cromática de La Prairie
El caso de La Prairie aporta otra lectura: el color como herramienta de ruptura en un mercado saturado. A principios de los ochenta, todo el packaging de alta cosmética compartía el mismo código: tarros blancos, discretos, indistinguibles entre marcas. En ese contexto, la firma suiza, fundada en 1931, apostó por un azul cobalto intenso para el lanzamiento de su colección Skin Caviar, hoy una de las líneas más rentables de la marca.
La elección no partió de marketing, sino de una colaboración casual con la artista franco-estadounidense Niki de Saint Phalle (1930-2002), quien compartía estudio con el equipo de La Prairie en Nueva York. Fue ella quien sugirió su color predilecto, el mismo cobalto de su obra escultórica, en un momento en que ningún competidor se atrevía a romper el código cromático del sector. Cuatro décadas después, ese vínculo con el arte se convirtió en estrategia de posicionamiento: La Prairie fue socio de Art Basel desde 2017, con instalaciones en Basilea, Hong Kong y Miami.
Exclusividad por vía legal y cultural
La solidez del activo cromático quedó a la vista en 2021, cuando Tiffany —recién adquirida por LVMH— publicó en su Instagram la etiqueta #TiffanyYellow. Algunos seguidores se indignaron, convencidos de que la marca abandonaba su azul histórico. Casi 500.000 likes en horas. En realidad, fue el arranque de un pop-up en Rodeo Drive, Beverly Hills, para presentar una colección de diamantes amarillos encabezada por la gema Tiffany Yellow, de 130 quilates.
La experta en color Leslie Harrington explicó la lógica: el amarillo es casi el opuesto exacto del azul en la rueda cromática, la combinación de mayor impacto visual posible. Bastó con insinuar que el azul podía cambiar para generar más ruido que cualquier campaña planificada.
Estos casos demuestran que la exclusividad no siempre nace de la escasez de materia prima, como el lapislázuli; también puede construirse por vía legal, estandarización industrial o colaboración cultural. Quien controla el código visual de un producto controla parte de su percepción de valor, y esa percepción, en el lujo, es la que se traduce en precio.
